Hoy, en mis despistes y yo: la apasionante historia del móvil en el súper

Al salir del curro, fui al súper. Tenía que comprar tres o cuatro pelotudeces. La leche de avellanas que le gusta a Edu no era una de ellas, pero al verla, cogí un brick. Para llegar al brick, dejé el móvil encima de otros cartones de leche. Según lo dejaba pensaba “verás que me lo dejo acá”. Y yo misma me regañaba “no, joder, no sos TAN tonta”. Seguí con mis deliberaciones internas mientras deambulaba por el súper intentando acordarme qué más tenía que llevar.

Llego a la caja, pago con tarjeta, meto las cosas en la bolsa, me disfrazo de moto y me pongo a jugar al Tetris con el maleterito y las 1655 pelotudeces (que no incluían las 3 o 4 iniciales) que compré.

Llego a casa, recojo lo del maletero, me toco el bolsillo del móvil… Y no estaba. Pánico. Con las bolsas en la mano y el cerebro pensando a la vez en las fotos de Argentina, que solo las tengo en el móvil, en la imposibilidad de pedir ayuda, en si soltar las bolsas en el suelo, subirlas a casa o meterlas en el maletero para ir al súper… Al final, decidí subir y volver a bajar, iba a ser más rápido.

En el pasillo de acceso al bloque veo a un hombre jugando al fútbol con su hijo. Y tiene lugar esta escena:

Yo, con cara de loca, dos bolsas en la mano, la chaqueta asfixiante de la moto: Hola, perdona, ¿no tendrás un móvil?

Padre que jugaba al fútbol me pone la típica cara de “te voy a soltar una excusa para que parezca que empatizo un montón con la que sea la situación en la que estás, pero ni de coña te digo que sí”.

Yo, atajando su negativa, sigo con mi perorata: Es que me dejé el móvil en el súper, y es para llamarme y ver si hay suerte…

Padre futbolero, más relajado: Sí, claro, dime.

Le digo. Marca. Me pasa el móvil. Está sonando. Se lo digo: Bueno, al menos llama, hay esperanza.

Cuando me empieza a vibrar la pulsera me acuerdo que lo tengo en silencio, que en el súper no lo iba a oir nadie. El hombre me mira esperando saber novedades sobre el caso. No hay ninguna. Llama, pero no lo coge nadie.

A los diez segundos de llamada, caigo.

Me vibra la pulsera.

O sea que el móvil está en el rango de alcance del Bluetooth, ¿no?

Cuelgo, le doy las gracias al padre y le pido que si llaman, que me avise, que yo iba a volver a bajar en cuanto dejara la compra en casa para salir pitando para el súper. Me pregunta hasta mi piso para avisarme si aún no había bajado

Aún con la adrenalina circulando a tope por mi torrente sanguíneo, no tenía la certeza de que realmente tuviera el móvil encima. No había otra exlicación para la vibración de la pulsera, pero bueno, ya saben cómo son estas cosas, hasta que no lo tuviera en la mano…

Subo corriendo las tres plantas. Desparramo la compra por el salón. Las gatas me reclaman mimos, pero yo, ni caso. Tenía una misión.

Y acá estoy, tomándome un té con el móvil en la mano.

 

Epílogo: Le mandé luego un Whatsapp al padre, dándole las gracias y contándole el final de la historia. Ahora quiero bajar a correr un poco, pero me esperaré a que padre e hijo se hayan guardado para que no se me caiga la cara de vergüenza.