Así suena el Guernica

Nací en Argentina, pero la guerra civil española no era algo ajeno en casa. Mis abuelos decidieron huir de la guerra cuando mi papá tenía cinco años y tras abandonar su Barcelona natal, desembarcaron en Buenos Aires.
Mi primer contacto con el Guernica fue indirecto. En una plaza de Buenos Aires hay un retoño del árbol de Guernica, y mis papás me contaron ahí que Guernica era un símbolo de la guerra que habían sufrido mis abuelos, que Picasso, al que admiraban los dos, había hecho un cuadro soberbio reflejando el bombardeo, la guerra, la desesperación. Yo era muy pequeña para entenderlo en toda su magnitud, pero la semilla estaba plantada.
Años después, me mudé yo a España y viviendo en Málaga, me compré el Guernica. En puzzle. De 3000 piezas. 3000 piezas blancas, negras y grises. Armándolo me acordaba de lo que me contaban mis papás sobre la guerra, aunque tampoco había que echarle mucha imaginación, porque las figuras que iban apareciendo lo decían todo. Viéndolo con tanto detenimiento y detalle, me había aprendido cada trazo, cada forma, cada emoción.
Finalmente me vine a vivir a Madrid y el Reina Sofía fue una de las primeras paradas en mi “to do list”. Cuando me enfrenté por primera vez al Guernica de verdad, viéndolo también de a trozos porque es difícil verlo entero (no solo por el impresionante tamaño, sino por la afluencia de público), iba siguiendo con la mirada cada trazo, cada forma, cada emoción. Ver en vivo y en directo ese trozo de historia me impactó muchísimo.
En resumen, el Guernica empezó siendo una historia contada por mis papás bajo un árbol en Buenos Aires, pasó a ser 3000 trocitos de cartón blancos, negros y grises en Málaga, y terminó siendo un reflejo de la situación de la que huyeron mis abuelos en Madrid.

La consigna de Radio 3 era “cuéntanos qué significa para vos el Guernica, y vente a escuchar a tu artista favorito al Reina Sofía“. Se cumplen 80 años desde que Picasso lo pintara, y bajo el título “Suena Guernica”, RNE quiere homenajearlo con la actuación de 12 músicos delante del cuadro. Una de las bandas que tocaba era Vetusta Morla. Esa gente que apenas me gusta, ya saben.

Tenía la idea más o menos en la cabeza, pero no terminaba de animarme a escribir. Únicamente 10 invitaciones, a los más originales y explicando sentimientos. Me imponía mucho el participar.

Pero una hora antes de que acabara el plazo, llegó la inspiración. Le di a enviar a tan solo 5 minutos de perder la oportunidad. Cuando a la media hora me llega un mail de Suena Guernica diciendo que tenía una de las 10 invitaciones, me puse a saltar por toda la oficina. Estaba sola, claro, pero los llamé corriendo a Edu y a mi mamá, ¡estaba tan feliz! No sabía si mi relato había gustado, pero, por lo pronto, había sido original ¡¡¡y me iba al Reina Sofía a ver a Vetusta Morla!!! Subidonazo. Esto fue un jueves, y el ¿concierto? era el martes. Le pedí el día libre a mi jefe, que al escuchar que Vetusta Morla estaba de por medio supo que no había nada que hacer, así que solo quedaba esperar a que llegara el día.

Diez años después, por fin llegó el 21 de febrero. Esto no se lo conté a nadie, pero juro que estuve una hora en mi habitación decidiendo qué me iba a poner. ¿Íbamos a salir nosotros en los vídeos? ¿Solo íbamos a escuchar? ¿Podía ir con falda o nos íbamos a sentar en el suelo? Una hora probándome conjuntitos. Bienvenidos a 1995.

Llegué súper pronto a Madrid, así que me comí un bocata de calamares en El Brillante y a las 13:45 ya estaba en el Reina Sofía (esto empezaba a las 14:00…). Paso por recepción, me piden mi nombre y, ¡oh, sorpresa!, ahí estaba, la primera de la lista. A lo mejor porque habían elegido nombres leyendo de los últimos mails a los primeros, o a lo mejor porque quien fuera que decidiera, en cuanto leyó el mío dijo “Lucía va”. Como sea, me dio un poquito de orgullo verme ahí, la primera. De la lista, y en llegar, porque fui con tanta antelación como anticipación sentía por dentro. Poco a poco fue llegando el resto (el último vino como a las 14:20. Mucho margen dieron, yo hubiera subido a todo el mundo mucho antes) y cuando estuvimos todos, un empleado del museo nos llevó a la sala del Guernica, con la consigna de no hacer fotos (está prohibido por el museo) y de no salir de la sala, ya que el museo estaba cerrado y no se podía deambular por ahí.

Llegamos a la sala y ahí estaba, majestuoso, el Guernica. Mirá que me gusta Vetusta Morla, y los tenía al lado, pero el Guernica fue lo que más me impactó. Poder contemplarlo de un vistazo, sin nadie delante, entero, enorme, apabullante.

Suena Guernica
Foto robada de este tweet de @Radio3_RNE.

Cuando logré apartar la vista del cuadro, me di cuenta que tenía a Vetusta Morla a dos metros de distancia. Y de repente, estaba en un partido de tenis. Giraba la cabeza para la izquierda, Guernica; para la derecha, Vetusta; Guernica; Vetusta; Guernica; Vet… Dejé de flipar justo a tiempo para que no me diera una tortícolis.

Éramos 10 personas invitadas por la radio y unas 5 más invitadas por los propios músicos. Los primeros en llegar, por supuesto, los fans, así que mientras esperábamos hablábamos entre nosotros y comentábamos qué se imaginaba cada uno de qué iba a ir la cosa. No sabíamos si iban a grabar en plan videoclip, si iba a ser tipo concierto, … Vamos, no teníamos idea. Ninguno dio con lo que pasó finalmente, que era en la sala del Guernica, ellos, sus micrófonos, sus instrumentos, sus luces, sus cámaras, las demás vitrinas tapadas y el Guernica, ahí en medio de la sala blanca, imponente. Los técnicos estaban en otra sala. Se los veía, andaban pululando por ahí mientras Vetusta ensayaba y nosotros absorbíamos lo que estaba pasando con los cinco sentidos. De pie a un ladito para no estorbar, no nos atrevíamos apenas a respirar. Tanto fue así que llegó el que estaba al mando del asunto en la radio y nos dijo que no estuviéramos tan serios. Al menos, hasta que empezaran a grabar.

Así, entre pruebas de sonido e iluminación, que si ajustá un poco el volumen de este instrumento, que si no se escucha bien la voz, que si ese foco hay que moverlo, fueron pasando las horas. Cuando ya empezábamos a impacientarnos, nos piden silencio. Móviles apagados, todos quietos, y, muy importante, no se podía aplaudir hasta que nos avisaran.

No había altavoces ni amplificadores, porque el Guernica no lo resistiría. Así que, escuchamos un pseudoacústico un poco raro. Los instrumentos suenan a diferente volumen, cuando sonaban todos no se escuchaba bien la voz del cantante, el bajo era eléctrico así que no lo oímos, pero nada de eso ensombrecía la experiencia: estábamos escuchando a Vetusta Morla ante el Guernica.

Clap, clap clap clap
@Radio3_RNE

Cantaron la primera canción (¿qué canción? El 4 de abril salen las grabaciones). Una canción que todos los ahí presentes hemos coreado mil veces en sus conciertos. Pero no podíamos articular palabra, no se nos tenía que oír. No estábamos. Así que, nuestras bocas se movían al ritmo de las palabras que salían de la boca de Pucho, nuestros pies se movían al ritmo de los pies de Jorge, pero no estábamos. Terminan la canción, la de sonido alza en alto su mano. No se oye una mosca. El último acorde de la guitarra se desvanece en el aire. Los invitados nos miramos con cara de “OMG, necesito gritar, saltar, cantar, aplaudir“. Pasan 30 eternos segundos. La técnico baja la mano y estalla todo el Reina Sofía en aplausos. Los fans, los invitados de los músicos, los cámaras, los técnicos, los del museo, todos, soltamos esa energía que no habíamos podido desprender durante la grabación y que se acumulaba en cada músculo de nuestro cuerpo con un aplauso que retumbó hasta en los sótanos. Bueno, imagino que solo los fans nos sentíamos así, los demás estarán acostumbrados… O no. La cuestión es que fue un momentazo.

Repitieron esa canción otra vez, luego otra (con su respectiva repetición por si las moscas) y una tercera. La tercera no era una canción suya, sino una copla del bando republicano (según supe después, no tenía ni idea de lo que estaban tocando mientras estaba ahí).

Cuando terminaron ya las grabaciones, el cantante se nos acercó a darnos las gracias por haber estado ahí y para preguntarnos si se había escuchado bien. Parece que la semana anterior había estado Iván Ferreiro y los asistentes se habían quejado porque al ser un teclado eléctrico, no habían escuchado nada. Yo balbuceé que sí, que todo guay, que gracias, mientras mi cerebro me había convertido en una quinceañera que pensaba “¡Pucho está hablando conmigo!”. Fue un momento muy deplorable, pero muy tierno y gracioso también.

A las 16:30, como estaba estipulado, nos llevaron de vuelta a la puerta y ahí es donde empecé mi paseíto madrileño, ya que me fui caminando desde el Reina Sofía a Moncloa. No podía irme en metro, estaba demasiado pletórica y la tarde invitaba a caminar, digiriendo todo lo que había vivido (bueno, y un helado que me compré en la Puerta del Sol). A esa hora empezaba otro artista (Rayden, creo; no tengo idea de quién es), pero nosotros ya estábamos fuera. Y yo, particularmente, en una nube de la que aún no bajé.

Foto de cabecera del Twitter de @radio3_rne.

  • Monica Lopez

    Tan herrmoso relato de una historia que nunca se borrara de tu recuerdo. Algo tuyo unico y maravilloso. Inolvidable. Muy orgullosa de tu talento para contar, hacer soñar, imaginar. Ese momento ganado con tu escritura y tan feliz me da una gran alegria. Gracias

  • Eres poco groupie, en resumen.