Mi casa de Temperley

No sé porqué, ayer, según me estaba duchando, me dio por pensar que en Google Maps podría ver mi casa de Temperley.

No es que esté nostálgica (conozco poco ese sentimiento, la verdad) ni nada por el estilo, pero me dio por ahí. Será porque últimamente estamos hablando mucho de casas con Edu. A saber.

La cuestión es que hace un rato me acordé, y puse la dirección de la casa de Temperley en Google Maps. Tienen Street View, aunque la definición de la vista satelital es más bien pésima. Aún así, hice captura y marqué las diferentes zonas.

Satélite fail
Satélite fail. No se ve un carajo. Básicamente, se tienen que fiar de mí, jajajaja.

En la imagen de Street View sí que se ve bien la fachada, con su jardín delantero, la reja (reja por la que se escapaba Mozart y Colita recibía a sus pretendientes. Los nuevos dueños le pusieron una chapa horrible por detrás. Nosotros eso lo teníamos llenos de santa ritas – buganvilla, en España-, y más plantas que hacían de pantalla), el porche (donde colgábamos una de las hamacas paraguayas), la habitación de mis papás (detrás del porche), el living (que no usábamos nunca), la puerta del comedor y el pasillo que lleva para la parte trasera de la casa. Veo que los dueños nuevos pusieron aire acondicionado y comitieron dos grandes crímenes: cortaron la araucaria que teníamos en el jardín (aunque les voy a dar el beneficio de la duda, que estaba muy inclinada y lo mismo se cayó sola…) y cortaron los dos pedazos de tilos que había en la vereda. Eran enormes, preciosos, dando un montón de sombra en verano y llenando todo de hojas marrones el otoño. Yo creo que mi estación preferida del año es el otoño por esas hojas.

Seguimos entrando y estamos en la casa en sí. En el borrón de arriba, el saliente por delante es el living, por detrás, la cocina. Pablo y yo teníamos habitaciones individuales cuando fuimos mayores, pero al principio dormíamos en la misma y la otra era el cuarto de juegos.

De la cocina salíamos al jardín trasero, que tenía una pequeña parte con lajas, una mesa de jardín grande (grande y alargada, que a veces nos servía de mesa improvisada de ping pong) y el toldo por el que yo me subía para cruzarme a casa de Esteban, y luego césped por una parte y la piscina por otra. Pasada la piscina teníamos un cachito más de césped (y cementerio animal. Ahí están enterrados Canela, la perra de mis abuelos, y Mark, mi pug que se ahogó en la piscina. A Coly no la pudimos enterrar ahí porque, un buen día, siendo ya muy vieja, se escapó y no volvió más. Tampoco la encontramos, a pesar de recorrernos todo el barrio llamándola y buscándola…).

Después del jardincito ese estaba la Casita de los regalos (donde un día hicimos con Soledad y Julieta el Hospital de las muñecas), y más atrás el patio amarillo y el galpón. Esa zona de la casa era poco frecuentada por nosotros.

A la casita de los regalos sí que íbamos mucho. Ahí jugábamos, bañábamos a los perros, guardábamos cosas más de diario que en el galpón (los patines, las raquetas, las paletas, …), hacíamos reuniones con amigos, usábamos el ordenador (trabajos del cole, juegos y, más tarde, internet). Bueno, íbamos cuando era de día. Porque me acuerdo que al principio, aún siendo ya bastante grandecitos, nos daba miedo ir al fondo. Si nos era total y complemente imprescindible hacerlo de noche, o se nos había hecho más tarde de lo previsto en el fondo, cruzábamos corriendo como alma que lleva el diablo. No sé de dónde nos venía ese miedo, nunca pasó nada, y tampoco le tenía miedo a la oscurid… Un momento. Sí que le tenía miedo a la oscuridad. Cuando era chica y leía en mi cama, tenía que apagar la luz con los ojos ya cerrados, porque me daba miedo ver mi habitación a oscuras.

Bueno, ya sé porqué cruzaba corriendo cuando iba al fondo, jajaja. Si es que escribir y poner en orden los pensamientos es una buena terapia.

Casa
Si se fijan, en las baldosas de la acera se ven dos parches enormes. Eran dos tilos espectaculares. =(