Emiliano

Ayer empecé a escribir un post sobre Emiliano, pero todo va tan rápido que no me da tiempo ni a pensar.

Vamos por el principio. Resulta que ayer, por mil pequeñas variables que no debían suceder, me encontré un gato en la puerta de mi bloque.

No paso nunca a esa hora por ahí, pero porque Javi tuvo que dejar su moto en el taller, yo le dejé mi coche; porque el del taller no le entregó la moto a tiempo, me tuvo que pasar a buscar a las 14:00 por el curro; porque habían sobrado pimientos con atún del día anterior (¡que me encantan!), me invitó a comer en su casa; porque estaban limpiando mi garaje, dejé el coche en la calle; porque soy una zampapimientos, casi no me dio tiempo a ir a casa a preparar la mochila para el gym, pero decidí subir igual y no salir por otra puerta de la urba. Y según estaba llegando, escuché maullidos. No sabía qué hacer. No me lo podía subir a casa, pero tampoco sabía si recogerlo o no, porque no se lo veía como un gato callejero. Me agaché para saludarlo («saludarla», creía en ese momento) y se vino ronroneando a restregarse. Me tenía que ir al trabajo, ¡pero no podía dejarlo en la calle!

Total, subí a casa, agarré un transportín y me lo llevé a la oficina. Y en la oficina se puso a estornudar sangre.

La gatita, siesteando en mi oficina
La gata, antes de que se pusiera a estornudar sangre en mi oficina.

Me asusté, llamé a mi jefe y me dijo que me fuera ya de ahí con ese gato callejero foco de infecciones, así que me lo llevé al veterinario (que era lo que iba a hacer, pero a las 18:30, cuando saliera en mi horario normal). Llegué a Veterinarea y tras una breve exploración, vimos que el bicho estaba bien, que tal vez tenía un principio de rinotraqueítis pero que estaba bien, sin ganglios inflamados ni nada preocupante.

Ya me lo iba a llevar otra vez a casa cuando apareció María, la veterinaria de mis gatas. Le enseño a Equis (no tenía nombre aún) y me dice «ese gato estuvo ayer acá». ¿Qué cara se te quedó? Pues esa misma tenía yo. WTF? Parece ser que el miércoles lo habían llevado para ver si tenía microchip. Como no lo tenía, y en la veterinaria les dijeron que no se lo podían quedar, lo volvieron a dejar en la calle. ¡Pobre bicho! Pero lo siguiente fue más impactante. Porque me dijo que ni se me ocurriera subirlo a casa. Yo pensaba dejarlo en el estudio, pero me dijo que no, que no podía arriesgarme a meter a un animal enfermo, sin saber si tiene inmunodeficiencia o leucemia felina, donde ya tengo a mis tres nenas. Que antes están ellas, y luego, el resto del mundo. Y le doy la razón en que antes están mis gatas, pero tampoco podía dejar al gato en la calle. No puedo. Lisa y llanamente. No.

Así que me quedé una hora en el coche, en la puerta de la clínica, sin saber qué hacer. María me había dado teléfonos de algunas protectoras donde podía intentar dejarlo. Pero yo seguía dándole vueltas a lo de llevarlo a mi estudio. No podía ser tan difícil, ¡la gente lo hace habitualmente! Así que, así me quedé, casi llorando de impotencia, hablando con amigos sobre qué hacer. Y lo que hice fue bajarme del coche y decirle a María que en las protectoras no me habían hecho caso. Antes de que terminara de decirlo, me dijo «dejalo en tu estudio». Y yo, casi vuelta a llorar. Pero esta vez, ¡de alivio!

Nos subimos los dos a casa y las chicas miraban con curiosidad a Emiliano (bautizado en el camino del vet a casa). Desde el otro lado de la ventana, que los pienso mantener separados a rajatabla. Amor a distanciaLe dejé pienso, agua y arena, pero pasaba de todo. Y temblaba, temblaba mucho. Normal, hacía frío en el estudio. Pero luego llegó Javi con su radiador y aquello fue tomando otro matiz. Especialmente cuando decidimos darle una lata del paté de las gatas, en vez del pienso seco del que no había hecho ni amago de comer. Bueno, aquello fue para verlo. ¡Cómo comía! Y lanzando gruñiditos de placer con cada mordisco. No sabía si comer, ronronear, gruñir… Lo hacía todo a la vez, ¡¡¡pobrecito!!!

¡Esto sí es comida!En ese momento, intensificamos el acoso y derribo al hermano de Javi para que se lo quedara. Lleva tiempo queriendo un gato, pero quería una hembra y de menor edad (este tiene unos tres, cuatro meses). Le mandamos fotos, vídeos, lo invitamos a cenar esta noche a casa para que lo viera de primera mano. La verdad que es un gato súper cariñoso, juguetón… Un amor de bicho.

Haciéndole el bookAsí nos fuimos a dormir. Emiliano solo en el estudio, pero con calefacción, y yo con… No, yo también sola, porque las tres gatas estaban más interesadas en lo que pasaba del otro lado del cristal que en meterse a la cama conmigo.

Esta mañana, otra latita que cayó (entre gruñiditos, obviously) con su medicamento dentro y me fui entre un concierto de maullidos de «no me dejes acá solito, ¡soy bueno!».

Sobre la una de la tarde, la historia pega otro vuelco y me deja al borde de las lágrimas por tercera vez. Esta vez, ¡tocaba la felicidad! Porque me llamó una vecina de otro bloque y me dijo que mis vecinos de abajo ¡habían perdido un gato como el que me encontré yo! Se llama Baloo (después de que yo lo llamara Emiliano, Javi lo llamara Gollum y Twitter lo llamara Natalio) y tiene otros dos hermanos esperándolo en casa. Si es que es Baloo de verdad. Tengo los dedos cruzados y en cuanto salga de la oficina, ¡¡¡me voy corriendo a tocarle el timbre a mis vecinos!!!

ACTUALIZACIÓN: Efectivamente, Emiliano es Baloo. Ya está en su casa con sus hermanos y padres. Aunque he de decir que no me quedé muy conforme. Baloo estaba encantado de ver a su dueño, pero al revés no parecía haber tanta felicidad. Sí es cierto que habían puesto unos carteles en la urba (que vimos recién hoy), pero si una de mis gatas llevaran perdidas dos días, en el reencuentro habría lágrimas, abrazos, besos y regalos para todo el mundo…