De cómo una cajonera parió una gata (¡qué la parió, che…)

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Hoy estuve todo el día fuera, de asamblea y reuniones. Llegaba a casa con la sana intención de jugar con Michi y meterme en la cama temprano, cuando sonó el teléfono: mis papás, que si me iba a cenar a su casa…
Culpable de no haber podido jugar nada con mi dulce gatita, decidí llevarla. Después de todo, iba a tirarse diez minutos diciéndome que la sacara del transportín y muchas horas practicando uno de sus deportes favoritos: acechar a Stan.
Me dieron las tantas en casa de mis papás, así que decidí quedarme a dormir. Me puse a rebuscar en los cajones de mi mamá buscando una camiseta y un pantalón, cuando unas mini-garritas acudieron a ayudarme. Tengo que decir que la cómoda de mi mamá no le hace honor a su nombre. Los cajones tienen poco fondo y no se abren del todo (ni se pueden quitar fácilmente, según iba a descubrir en breve), así que es más bien incómodo buscar nada ahí dentro. La cuestión es que para cuando logré encontrar la camiseta, había perdido a mi gata. Se había metido, como no podía ser de otra forma, adentro de la cajonera.
Me fui a tomar agua, le quité el arnés a Stan, y cuando volví, Michelle me miraba con ojitos de «no puedo salir» desde la profundidad de la cajonera. Mi razonamiento fue simple: si pudiste entrar, querida, podés salir. Como pasados quince minutos el bicho seguía atrapado, intenté sacar un cajón, pero no son de IKEA y están bien agarrados. Abrí y cerré los cajones, intentando hacer algo más de hueco, pero nada, lo máximo que se conseguía eran 5 centímetros.
Y así estuvimos un rato (una media hora) hasta que la cómoda llegó a la dilatación apropiada de 7 centímetros y, al fin, pudo parir a mi gata.