Exámenes o ¿dónde dejé mi cabeza?

   Bueno, ha llegado el día. Comienzan los exámenes en la UNED. Tras x meses de estudio (no voy a decir que, en mi caso, x < 1, aunque sea verdad, que queda mal), nos acercamos a nuestro centro asociado a vaciar nuestra neurona. Dos horitas que, como dije alguna vez, son el glorioso momento de la venganza, el momento cuando nos podemos desquitar de lo leído y dar rienda suelta a nuestra imaginación. De verdad, me encanta hacer exámenes. Tal vez por eso me pasó lo que voy a relatar.
    Anoche me acosté temprano, estaba cansada, así que a las doce estaba en la cama. A las siete sonó el despertador, al que apagué con la promesa de «cinco minutitos más» que, por supuesto, fueron 40. Hala, a correr. Ni desayuno ni nada, no había tiempo. El examen era a las 9, pero con el maravilloso cambio de centro asociado, ahora el atasco estaba asegurado. A Las Rozas tardaba unos 25 minutos en llegar. A Las Tablas, en plena hora punta, prometía ser una odisea.
    Cogí los apuntes, me armé de paciencia, puse Vetusta Morla y me encomendé a la suerte. Y la suerte me envió 4 hermosos atascos que convirtieron el trayecto de 40 minutos en uno de 75. Teniendo en cuenta que había salido de casa a las ocho menos cinco, sí, llegué tarde al examen. Pero da igual, hay media hora de cortesía, así que, entré. Le doy mi carnet al de la entrada: «no tiene ningún examen en esta convocatoria». ¿Ninguno? ¡Pero si tengo para elegir entre tres hoy! Nos sentamos, revisamos el calendario y, efectivamente, tengo para elegir entre tres: organización de proyectos a las 11.30 (que es el que venía a hacer a las 9) y física y estadística a las 16 (estos los hago en otra semana).
    Por tanto, mis ganas de hacer los exámenes eran tales que llegué, atascos mediante, dos horas y media antes.