Ya me vale…

   Si digo que soy un despiste andante no sorprendo a nadie a estas alturas de la vida. Pero a veces yo misma me quedo con la boca abierta viendo hasta qué extremo puedo serlo.
   Cuando yo entré en la UNED, esperábamos en la puerta del aula de examen a que la señorita de turno gritara nuestra asignatura (era divertido, porque también llamaban al resto de asignaturas de ciencias: “Alumnos de óptica de Fourier”, “Macromoléculas”, “Sistemas en tiempo real”, “Radioisótopos”, … Tienen unos nombres muy graciosos las asignaturas de nuestra facultad. Aunque, bien pensado, ninguna es tan emocionante como las nuestras “Técnicas de investigación social para estudios medioambientales”, “Clasificación y naturaleza química de los contaminantes”, “Fundamentos matemáticos para el estudio del medio ambiente”). Unos años después se modernizaron (modernidad que ya existía en Málaga cuando cursé allá): la señora de voz de pito fue reemplazada por un lector de códigos de barras que con un “bip” te dice que tu examen está siendo impreso y que te sientes en la silla que está en la columna 5, fila 29 durante un máximo de dos horas. Por tanto, el carnet de estudiante, que es donde viene el código de barras, resulta imprescindible para poder demostrar los conocimientos adquiridos y ya deja de ser solo útil para conseguir descuento en la entrada del cine.
   Después de esta breve introducción, voy a lo que voy: ayer hice dos exámenes (tecnología energética y ampliación de física. Espero aprobar la primera y divertirme mucho este verano con la segunda). Iba con mi mochila, dado que llevé el portátil para estudiar entre medias, y según salía del examen tiraba todo dentro. Al salir de ampliación bajé a la biblioteca a estudiar, pero no me podía conectar y sin conexión era imposible estudiar gestión y conservación de flora y fauna, así que me vine para casa. La idea era ir a la biblio de Guadarrama, pero no pudo ser y me subí a estudiar en mi habitación.
   Esta mañana fui al curro, al mediodía vine a comer y cogí el estuche y a las 18:00 tiré para Las Rozas. Empezaba a llover, un chaparrón de estos de verano que descargan por sopresa (tan sorpresa que yo iba en sandalias y, además de emparme, se me salían). Me encontré con medio mundo, bajé a cafetería, me asomé a la biblioteca y me dije “Enga, Lucía, pa’rriba, que ya llegás tarde”. Y me puse a buscar mi carnet de la UNED (sí, ese tan imprescindible). Y mi DNI (también necesario para entregar el examen). No estaban. Todavía no los busqué, pero estaba indocumentada. Tenía la tarjeta de crédito y la tarjeta de VIPS, pero como que eso no me valía! Se lo explico a la chica de secretaría, que me dice que ella me puede hacer un carnet provisional de la UNED, pero que sin nada que demostrara que yo era yo, no me iban a poder dejar entrar. Menos mal que mi mente funciona mejor que la suya, porque le pregunté si me valía el carnet de conducir. “Puede valer”, fue su respuesta. Valía, sí, pero es que estaba en el coche! Salí corriendo todo lo que me permitían la lluvia y mis sandalias-estorbo, cogí el carnet, fui a secretaría, recogí mi papel y sin preguntarme si me dejarían entregar el examen después de tirarme hora y pico escribiendo, me metí pa’dentro.
   El examen en sí bien, lo aprobaré, y por eso la anécdota de hoy es que soy una despistada y no que me fue mal en un examen =o)