El potro

Iba yo esta mañana tan tranquila para el trabajo. Como siempre, multitud de coches hasta la primera rotonda, donde casi todos se desvían para los institutos que hay más adelante. Yo giro a la izquierda con apenas tres o cuatro coches más. Badén, badén, badén, curva de derechas, leve bajada de la trazada… Coches. Eso ya no era habitual. Coches yendo despacio. «Uy, qué raro…». Disminuyo a 40km/h y descubro la razón de la disminución generalizada de velocidad: había un caballito (un potro o un pony, no sé) andando por la carretera (eso sí, muy educado el tío, yendo por el arcén). Estaba ahí solito, trotando pegadito al quitamiedos y es cuando me asaltaron las dudas:
Pobrecito, se habrá perdido o se habrá escapado. 
¿Qué hago? ¿Llamo a alguien? ¿Pero a quién llamo? No me sé el teléfono de la policía. 
Bah, no, no llamo, ya lo encontrará el dueño. 
Pero, ¿y si lo atropellan? No, sí, llamo. Me detengo ahí y llamo. 
Pero no, es que mejor no llamo y volverá a su casa (mientras paso por el «ahí» donde me iba a detener). 
Uf, pero es que… No sé, lo mismo debería llamar… Bueno, cuando llegue al trabajo llamo. O le pregunto a José Miguel (mi jefe) si tengo que llamar o no en estos casos. Sí, le preguntaré a él cuando llegue.
Claro, pero es que lo mismo llega a las diez de la mañana (eran las nueve menos diez cuando todos estos pensamientos cruzaban mi cabeza) y ya es tarde.
 
Ras, volantazo para entrar en la gasolinera. Porque había decidido que sí, que llamaría. Todavía no sabía a quién debía llamar. ¿Llamo a emergencias? Pero es que no sé si es una emergencia. Por otro lado, no sé ningún otro número de teléfono. Bueno, llamo ahí, a ver qué pasa.
Cojo el móvil, marco el 112 y la locución me dice «Ha llamado a Emergencias. Si quiere comunicar una emergencia, manténgase a la espera. Si no va a comunicar una emergencia, rogamos no use este número de teléfono». Ouch, ¿era una emerg…? Antes de que me diera tiempo a pensarme si era o no una emergencia, me atiende una chica:
– Emergencias, buenos días.
– Hola, la verdad es que no sé si tengo que llamar a este número, pero es que hay un potro andando por la carretera.
– ¿Un potro?
– Sí, estaba andando por el arcén.
– ¿En dónde se produjo esto?
– En Guadarrama, en la N-VI, a la altura del kilómetro 46.
– Será la A6.
– No, no, es en la N-VI, por la carretera antigua.
– Ah, es que no la escucho muy bien (tenía la nariz tapada… Mal momento para decir ene seis).
– No pasa nada.
– ¿A qué altura, más o menos?
– Por el kilómetro 46 (no sabía si iba a llamar o no, pero, por las dudas, había tomado la referencia).
– De acuerdo, ahora mismo pasamos el aviso. Gracias.
– Adiós, gracias (al parecer, había llamado al número correcto).
 
Y así llegué a la oficina, todavía preguntándome si hice bien en avisar. ¿Lo capturarán y lo llevarán a un recinto oscuro, hacinado, lleno de caballos sarnosos esperando su hora de la muerte? Por el contrario, ¿buscarán a su dueño? Y ese dueño, ¿lo tratará bien? ¿Lo llevarán a un refugio? ¿Lo venderán a un ser despiadado o a una persona dulce y amable? ¿Lo habrán encontrado? ¿O lo habrá atropellado un coche? ¿O se habrá metido ya en su casa? Pobrecito… Me lo tendría que haber quedado yo.