¿Y el pescado?!!??!

Esta mañana, cuando me desperté a las ocho y cuarto para ir al curro, la encontré todavía roncando a mi mamá (por eso había podido dormir hasta las ocho y cuarto; cuando se va a su hora, a las siete menos diez, me despiertan siempre sus nunca-bien-silenciados gritos de «Stan, vos te quedás» o el mismo Stan llorándome porque su abuela se fue). Al escuchar movimiento, se despertó, y medio aún entre sueños me dijo «te guardé pescado de ayer en la heladera para que comas al mediodía». TE guardé, COMAS al mediodía. Remarco esas dos palabras.
Pero, madre querida, ¿no me habías dicho que me habías dejado pescado para mí? Que sepan que me mintió vilmente. Al salir del trabajo al mediodía me iba a ir a comprar un bocadillo al Romantic, no tenía ganas de prepararme nada, cuando me recordé las sabias palabras de mi madre, que me había dejado comida. A MI me había dejado comida. Había en un taper un poco de pescado, con papas y pimientos y tomates. «Esta será mi comida», pensé yo inocentemente. Bajé a Stan y a Cacatúa mientras se calentaba, volví a subir al ratito para saborear mi almuerzo, me senté tranquila a ver la tele mientras comía… No, no, mientras intentaba comer.
Porque ni bien sentarme, escucho unos gruñidos amenazadores provenientes de debajo de la mesa. Grrrrrrrrrrrrrrrr, grrrrrrrrrrrrrr. Asustada, tiro un pedazo de pescado (al que le había sacado previamente las espinas, claro está) al suelo y ¡zas!, desaparece al instante. Tiro otro cacho. Mismo resultado. Así que, desmigando la dorada con los dedos, dos trozos al suelo, medio a mi boca, dos al suelo, medio a mi boca. Total, que me comí las papas y poco más, porque Stan se comió todo el pescado! Pero, digo yo, ¿la comida no era para mí, carajo?!