France

Oh, la France… Que bonita es Francia. Volvimos ayer después de una semana en el país vecino.
Estuvimos alojados en una mini casita en Saint Pierre la Mer, a orillas del Mediterráneo. El domingo ponen un mercadillo que hizo las delicias de mi mamá, aunque a Stan le gustó más el solecito y el mar. Y a mí también, para que nos vamos a engañar… El día estaba precioso, lástima el viento, que nos volaba y levantaba muchísima arena. Aún así, estuvo bien este primer día de descanso post-viaje. Son cerca de 900 kilómetros de Guadarrama a St. Pierre, así que el domingo nos lo tomamos con muuuuuuuuuucha calma.

Por la tarde nos fuimos a Béziers, origen de la idea de ir a Francia. Beli me regaló para Navidad un libro que se llama «La reina oculta». Trata de una chica que vivía en Béziers hasta que la cruzada contra los cátaros destruyó la ciudad. Cuando nos planteamos el ir a algún lugar de vacaciones en Semana Santa, al principio hablábamos de ir a Canarias, pero surgió el ir al sur de Francia y tanto mi mamá como yo, que habíamos devorado el libro, nos entusiasmamos con la idea. Claro que esa idea tan romántica que teníamos de Béziers no se corresponde para nada con la realidad, pero fue interesante pasear por sus decadentes callejuelas, ver la catedral (construida sobre las ruinas que quedaron después del saqueo de 1209), imaginarnos a los cruzados fuera de la ciudad y a Simón de Montfort diciendo su tristemente famosa frase «Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos» y ser testigos, también acá, del impresionante viento que no deja ni tocar el órgano de la catedral.

Al día siguiente fuimos al lugar que más me gustó de todos: Carcassonne. Es una ciudad preciosa, hermosa, divina… Me encantó. Ahí quiero volver, con el Gadi esta vez. Conserva todo el encanto de la villa medieval, con sus murallas, su catedral, su castillo… El castillo está medio regular, está bien reconstruido, pero le falta como vida, está muy vacío. Pero las callecitas, las tiendas, la gente, el ambiente en general de Carcassonne… Oh la lá.
Me llamó mucho la atención que el
cementerio está justo en las afueras de las murallas, casi lindando con ellas.
Comimos en una placita, dentro de la Cité, donde todo el mundo estaba con sus perros, se escuchaban todos los
idiomas, hacía un sol delicioso.

Nuestro siguiente destino fue Narbonne, que quedaba bastante cerca de St. Pierre. Esa ya es ciudad más normalita. De hecho, quise comprar el último día algún recuerdo para mi querido Gaditano y había sólo tiendas de ropa. Una mierda. Las casas muy lindas, muy francesas, el paseo por al lado del río (bueno, Canal de la Robine) muy mono, pero yo después de Carcassonne no la veía con buenos ojos. En Narbonne vimos McDonald’s (que cierra a las 21hs!!!), Carrefour… Lo mismo que acá, vamos. Aunque también, como en toda Francia (o en esa zona, al menos), cierra todo súper temprano. Abren también muy temprano. En eso no es como en España. Allá el súper del pueblo abría a las 7.30 de la mañana, hasta las doce del mediodía, y después otras pocas horas por la tarde, hasta las seis o siete… Almuerzan y cenan tempranísimo. Dos veces salimos a cenar por ahí, y teníamos que ponernos en marcha a las ocho de la tarde, para que no nos cerrara el restaurante!!! Y claro, así también nos íbamos a dormir temprano y temprano nos levantábamos… Recuperamos pronto las costumbres españolas. Anoche cenamos cerca de las diez y media de la noche y hoy almorzamos como a las dos, así que, ya vamos volviendo a la normalidad.

Llegamos a los castillos. Dos días de subir a peñascos imposibles. De asombrarnos con las historias de los cátaros y simpatizantes refugiados en lo que de abajo parecen fortalezas inexpugnables, pero que la sed y el hacinamiento hicieron caer, tarde o temprano, en manos de los cruzados y su jefe, el omnipresente Simón de Montfort. El primer castillo que asaltamos, con más pena que gloria, fue el de Quéribus. Uf, costó subir. El camino empieza muy bien, con una rampa de tierra que se deja andar bastante bien, pero cuando el bosque va desapareciendo y la roca empieza a tomar más protagonismo, el camino a subir es una escalera tallada en la piedra, como también tallado en la piedra parece el mismo castillo. Estamos alto, estamos sobre piedra, estamos sin bosque, pero, sobre todo, estamos con muchísimo viento. Tanto que está prohibido subir cuando hay tormenta, porque el viento sopla con una fuerza increíble. Hay una parte donde parece que está canalizado y casi no se puede caminar. Y si subir fue difícil en esa parte, bajar, con el viento de frente, que te hacía llorar impidiéndote ver el camino, fue peor aún. Bueno, peor para mi, porque Stan bajó corriendo. El viento me tiraba hacia atrás, y Stan me tiraba hacia adelante! Mientras, mi papá tiraba de mi mamá. Fue un momento muy tirante, jajaja. A la bajada, a recuperar fuerzas.

A la tarde la idea era subir al castillo de Peyrepertuse. Pero entre lo que tardamos en subir al castillo anterior, el viento que hacía ahí también y que después mis papás se metieron a una degustación de vino en el pueblo que había al pie de Quéribus, pues no pudo ser. Eso y que ya no había muchas fuerzas, todo sea dicho. Así que nos conformamos con admirarlo desde abajo y hacer unas cuantas fotos.
Todo esto fue el mismo día (miércoles, creo). Y el jueves, más castillos. En el pueblo de Lastours, también en lo alto de sendos peñascos, hay cuatro castillos.
El principal que íbamos a ver, Cabaret. Era parte importante también del libro que habíamos leído y teníamos curiosidad. Curiosidad que sólo yo pude saciar, porque el acceso era bastante complicadillo, y mi mamá se tuvo que quedar con las ganas. Pero sí que logró subir a uno de los cuatro castillos, y estaba muy contenta por esa hazaña. Stancito no tenía ningún problema. Él iba, venía, subía, bajaba, esperaba a mi mamá, se venía corriendo a estar conmigo… Hiperactividad total, el niño.

El viernes fue de descanso, aunque a la tarde fuimos a Narbonne a ver si comprábamos alguna cosita para el Gadi (que al final no compré nada).
Y el sábado, ya de vuelta, pasamos (otra vez, claro, ya habíamos pasado a la ida, pero no habíamos podido sacarle una foto) por el ¡¡¡Meridiano de Greenwich!!! Yo me sorprendí un montón, no sabía que estaba por ahí la raya esa. Pero bueno, cae entre Zaragoza y Barcelona. Con razón en Francia se hacía de noche más temprano y comían a esas horas. Lo que no entiendo es porque en España tenemos el horario igual que el resto de Europa continental y no el de Gran Bretaña…
Y eso es todo, amigos, que ya me enrollé bastante. Au revoir!